La Tomba di Archimede: tra mito, archeologia e memoria perduta
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Un enigma secular en el corazón de Siracusa
Pocos lugares de la Antigüedad han generado un aura de misterio tan persistente como la presunta tumba de Arquímedes. Su desaparición —o, más correctamente, su no identificación— representa uno de los paradoxos más emblemáticos de la historia de la ciencia: el mausoleo del mayor matemático del mundo griego, símbolo de la razón y de la geometría, se desvanece entre los pliegues de la historia como un teorema borrado por la arena. Este vacío material se convierte así en el espacio simbólico en el que se proyecta la herencia intelectual arquimediana, suspendida entre reconstrucciones filológicas, sugestiones arqueológicas e imaginación cultural.
La muerte di Archimede un genio y el problema de las fuentes
La narración de la muerte de Arquímedes, ocurrida en el año 212 a. C. durante el asedio romano de Siracusa, se apoya en una constelación de fuentes literarias que mezclan el dato histórico con el anecdotario moral. El episodio del matemático absorto en sus diagramas —asesinado por un soldado romano pese a las órdenes de respetarlo— pertenece tanto a la tradición ejemplarizante como a la crónica histórica. En este contexto, la cuestión de la sepultura se inserta como un elemento aún más problemático: ningún autor antiguo, salvo Cicerón, nos proporciona detalles concretos sobre el lugar en el que fue depositado el cuerpo.
Precisamente Cicerón, en las Tusculanae Disputationes, relata haber hallado la tumba durante su mandato en Sicilia en el año 75 a. C. Este testimonio constituye el eje interpretativo en torno al cual gira toda la cuestión: sin su relato, la tumba de Arquímedes habría permanecido como un mero topos literario.
El relato ciceroniano: un monumento a la geometría
La descripción ofrecida por Cicerón no es solo arqueológicamente valiosa, sino también profundamente simbólica. El monumento que afirma haber visto se encontraba en las campañas de Siracusa, sumido en un estado de abandono que él mismo denunció como signo de decadencia cultural. La estructura funeraria estaba caracterizada por un motivo esculpido en su parte superior: una esfera inscrita en un cilindro, figura que representaba para Arquímedes la más noble de sus conquistas matemáticas.
Esta elección iconográfica no es casual: la relación matemática entre los volúmenes de la esfera y del cilindro era el resultado del que Arquímedes se sentía más orgulloso. El hecho de que solicitara que dicho símbolo fuese grabado en su tumba transforma el monumento en un manifiesto de su identidad intelectual. Es, en otros términos, un epitafio geométrico, una forma de eternizar el pensamiento más allá de la materia.
El enigma arqueológico: entre hipótesis, malentendidos y atribuciones arbitrarias
A pesar de la clara referencia ciceroniana, la tumba observada por el gran orador nunca ha sido identificada en la época moderna. Las transformaciones urbanísticas de la Siracusa antigua, la estratificación milenaria de la ciudad y las inevitables destrucciones ocurridas a lo largo de los siglos han hecho casi imposible localizar el monumento.
En el siglo XIX, estudiosos locales atribuyeron a una tumba rupestre helenística situada en el Parque Arqueológico de Neápolis —una estructura en exedra excavada en la roca— la identidad de “Tumba de Arquímedes”. Esta denominación, aún hoy difundida entre los visitantes, carece de todo fundamento histórico o arqueológico. La tumba, en efecto, no presenta inscripciones, decoraciones simbólicas ni elementos estructurales que puedan vincularla con la figura del matemático.
Los arqueólogos contemporáneos coinciden en definir esta identificación como un mito decimonónico, nacido más de la voluntad de colmar un vacío narrativo que de evidencias científicas reales.
Acradina, Neápolis o en otro lugar: la geografía incierta de la memoria
Las hipótesis sobre la posible ubicación de la tumba se concentran principalmente en dos áreas urbanas de la Siracusa antigua: Acradina, uno de los barrios principales, rico en necrópolis helenísticas, y la ya citada Neápolis. Sin embargo, ninguna de las numerosas tumbas descubiertas en estas zonas presenta una iconografía geométrica que remita a la descripción de Cicerón.
La ausencia de una inscripción, la desaparición del símbolo geométrico o la destrucción total del monumento siguen siendo escenarios plausibles. En este sentido, la tumba de Arquímedes representa un caso paradigmático de las dificultades inherentes a la disciplina arqueológica: la ausencia de prueba no equivale a la prueba de la ausencia, pero convierte toda reconstrucción en inevitablemente hipotética.

Una tumba sin lugar: la herencia de una ausencia de Arquímedes
El enigma de la sepultura de Arquímedes adquiere, finalmente, un significado cultural que trasciende la cuestión histórica concreta. Su tumba, invisible y perdida, se convierte en el símbolo de una herencia que no necesita monumentos materiales para perdurar. La obra de Arquímedes —sus tratados, sus invenciones, sus problemas geométricos— ha atravesado los siglos con una fuerza muy superior a la de cualquier bloque de piedra.
Paradójicamente, es precisamente esta ausencia la que ha alimentado el mito: la tumba de Arquímedes se ha convertido en un lugar inmaterial, proyectado en la memoria colectiva como un icono del triunfo del pensamiento sobre la materia.



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