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¿Quien dijo que en Valle de Aosta hay solo las montañas?

El Valle de Aosta es la región más pequeña de Italia y la menos poblada; se encuentra en el extremo norte-occidental, al confín con Francia y Suiza, en plena cadena alpina. Por esto muchos identifican tal región con un paraíso montano, rico de localidades de esquí y de lindísimos pueblitos con casas y refugios construidos según la arquitectura tradicional. ¡Y tienen razón!

Pero quien piensa que a Valle de Aosta tengan que ir solo los amantes de la naturaleza está totalmente equivocado, porque en aquella región hay una gran riqueza de artesanado, productos alimentarios típicos y sabrosísimos, y, además, allí se encuentran los testimonios de milenios de historia: desde imponentes restos romanos, hasta espectaculares castillos medievales, aquel rincón de Italia tiene mucho que ofrecer realmente a quienquiera.

El Parque Nacional del Gran Paraíso. Foto tomada de la web hisour.com.

Una naturaleza incontaminada

El paisaje del Valle de Aosta es absolutamente magnífico: como dice su mismo nombre, la entera región es un valle alpino, circundado por las cumbres de los Alpes Graios, que se extienden en Francia, Italia y Suiza y ostentan la cima más alta de Europa, el Monte Blanco, por mitad en territorio francés y por mitad en territorio italiano.

Pero esto por cierto no es el único atractivo naturalista del territorio. Basta con nombrar el Parque Nacional del Gran Paraíso, el más antiguo de Italia, querido por el el rey Vittorio Emanuele III, sobre gran parte del territorio que desde el 1856 constituía la Reserva real de caza de la familia Savoia, reales de Italia y, aún antes, del reino de Cerdeña, que comprendía también el Piamonte y el Valle de Aosta.

Este parque es muy conocido, ya por la magníficas bellezas naturistas, ya por la riqueza de la fauna que allí reside. En particular está ligado a su animal símbolo: el íbice, que se creía extinguido, pero que había sobrevivido en pocas decenas de ejemplares en los remotos valles alrededor del Monte Paraíso. Por eso la familia real quiso instituir la reserva de caza: no para proteger el íbice, sino para asegurar a sus propios miembros la posibilidad de cazar un animal rarísimo.

De toda manera, la veda de caza emitida por el rey de Cerdeña Carlo Felice en el 1821 salvó el precioso animal de la extinción, y hoy los íbices han aumentado hasta lograr algunos millares de ejemplares, que ahora pueblan el entero arco alpino, no solo en Italia. Todos descienden de los pocos íbices sobrevividos al estrago en la primera mitad del siglo XIX.

No solo naturaleza

Es fácil quedarse encantados por los paisajes alpinos del Valle de Aosta y acabar creyendo que en esos lugares haya solo una extraordinaria riqueza naturalista. Pero sería un grave error, porque hay también mucha cultura. Primero que todo es justo recordar el artesanado local, realmente digno de admiración. Y no se puede no nombrar la tradición culinaria, rica en embutidos y sobre todo quesos, realizados con técnicas ancestrales con la leche derivada de animales nutridos en los pastos alpinos, que tiene un sabor original por causa de las hierbas montanas comidas por las vacas.

Pero, además de todo esto, hay historia. La capital, Aosta, demuestra ya con su nombre su origen: Augusta Praetoria Salassorum fue fundada en el 25 a.C. por el primer emperador romano, Augusto, después de la derrota de los Salasos. Aún hoy la ciudad mantiene evidencias muy reconocibles de la admirable instalación urbana, con las calles que se cruzan formando ángulos rectos.

Hay relevantes restos arqueológicos: el Arco de Augusto, la Puerta Praetoria, por no hablar del Criptopórtico forense, que cerraba un lado del antiguo foro, perfectamente conservado y desde el cual se pueden admirar también los restos de la sucesiva basílica paleo-cristiana y de la catedral románica.

Y luego está el Teatro romano, del cual se admira la fachada meridional, alta bien 22 metros. Se considera que tal estructura receptiva pudiese acoger a 3000 espectadores: un número altísimo por aquellos tiempos que demuestra la gran importancia de la ciudad.

Pero los restos arqueológicos están esparcido en la entera región, algunos remontan a la prehistoria, como el sitio de pinturas rupestres en Bard. Pero este pueblo es conocido sobre todo por el Fuerte de Bard, una magnífica fortaleza construida en el 1830-1835, después de que Napoleón, furioso por haber sido bloqueado en su avance por bien 15 días, hizo destruir el antiguo castillo medieval que por siglos había protegido el territorio.

El magnífico Castillo de Fénis. Foto tomada de la web alpina-tour.com.

De los numerosos castillos del Valle de Aosta nos limitaremos a citar el más famoso: el Castillo de Fénis, espléndida construcción medieval, todavía embellecida por una serie de preciados frescos del siglo XV.


Entonces, aún si no es posible citar singularmente todas las atracciones turísticas, es ciertamente evidente que el Valle de Aosta es un lugar ameno para visitar, no importa si por amor a la naturaleza, por intereses gastronómico o por razones culturales, lo importante es ir y disfrutar de todo lo que esta esplendida región puede ofrecernos.

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